Mensaje desde la aflicción / Manuel Ossa

May 22, 2020 Reflexiones

Aflicción o tribulación –thlípsis– llama Pablo en 1 Tes. 1, 6 el estado de ánimo que abate a sus “queridos” hermanos y hermanas de Tesalónica. No describe el objeto ni la causa de esa aflicción, pero sí uno de sus posibles efectos: el titubeo o la vacilación (3,3). Por ello, según les explica, Pablo les ha enviado a Timoteo para “fortalecerlos” y “consolarlos” (3,2).

Aquí y ahora nos encontramos también en una “gran tribulación”, tan grande como tal vez nunca la hubiéramos imaginado: la amenaza del covid-19, que viene a potenciar las otras dos que veníamos ya resintiendo hace años y acusando a más tardar desde el estallido social de octubre de 2019: la crisis constitucional –que afecta al sistema político y al económico– y, vinculada con ésta, la crisis climática –que pone en riesgo nuestra existencia como especie humana en el planeta Tierra.

Esta tribulación grande y común se vivencia en muchas pequeñas o medianas aflicciones individuales: las de las mamás que deben elegir entre el riesgo del contagio, si salen a trabajar, y el hambre de sus hijos, si no salen; o las de las enfermeras que, antes de conectar el paciente al ventilador, le pasan el celular para despedirse de su familia, –temiendo ellas que esta sea la última llamada; o las del que perdió el trabajo y con él todos sus planes de futuro; o la del anciano que, ahora sí, mira a la muerte bien de cerca…

Caminos cortados, espacios clausurados, pasos perdidos… ¿Hasta cuándo? ¿Y después qué? Inseguridad, titubeo, vacilación, caminando por la vida como ancianos, antes de tiempo en muchos casos.

Si Pablo nos mandara hoy un Timoteo a fortalecernos y consolarnos… O si tomáramos la carta que escribió a los de Tesalónica como dirigida a nosotros…

La experiencia de los tesalonicenses

En una “gran tribulación”, los corresponsales de Pablo habían experimentado un “giro”, una “vuelta” – un “cambio de estrofa”, dice en griego, como cuando en el teatro se pasa de una escena a otra, una “conversión” (1, 9), llegando así a ser “imitadores” (1,6: mimetai) de Pablo y del Señor (Jesús).

Llegar a ser “imitador” de Jesús como Pablo, no es cambiar de identidad, sino de sentido. En vez de dejarse atribular, recibir una palabra distinta, acogerla como buena y reorientar desde ella la existencia

La “conversión” o “vuelta” de sentido no fue para los de Tesalónica un mero cambio mental o lógico (ouk en logo mónon). Al acoger la “palabra” de Pablo que los vinculaba con Jesús, habían experimentado en sí mismos una fuerza nueva, mesiánica, porque potente, liberadora y gozosa para cuerpo y espíritu. Esta experiencia había tenido lugar en medio de “la tribulación” y, en contraste con ella, había acontecido “en potencia y espíritu santo y plena persuasión” (1,5). Precisamente en la misma aflicción, sin evadirse de ella, habían recibido y acogido la palabra del evangelio “con gozo en espíritu santo” (1,6). Pablo se los trae a la memoria. Si no hubiera sido así, los tesalonicenses le hubieran contradicho.

La traducción práctica de esta conversión había sido –como Pablo lo menciona de entrada– un triple servicio: “la obra –ergon– de la fe-fidelidad, la faena dura –kópos– del amor y la paciencia constante de la esperanza ­–hypomoné tes elpidos– en Jesús mesías delante del Dios y padre nuestro” (1,3).

Liberarse y liberar

Esta notable experiencia está hoy a disposición nuestra. Para dejarla actuar en nosotros, se requiere sólo acoger la palabra y dejarse transformar por ella en seguidores de Jesús para nuestra época del covid-19, del cambio climático y de unas políticas económicas que nos están llevando a ruinas sociales y hecatombes físicas y biológicas cada vez más monumentales.

¿Dónde encontrar hoy el punto crítico y la estrategia política adecuada para desplegar el triple servicio descrito por Pablo?:

  1. la acción que resulta de nuestra fidelidad a las situaciones reales, sin hermoseamientos interesados;
  2. la dura faena del amor al prójimo, esa que nos pide restaurar relaciones sociales en equidad y justicia, donde no haya más enemistad de géneros, de culturas, de clases sociales, sino que se camine hacia realizaciones al menos tentativas de lo que sería un reino de Dios en este mundo;
  3. el talante de una paciente esperanza que comienza siempre de nuevo tras los fracasos inevitables y las ruinas que vamos dejando como sociedades humanas, demasiado humanas, en nuestro transcurso por la historia.

Es en esta triple tarea y en la búsqueda incansable de los modos operativos de llevarla a la práctica donde los seguidores de Jesús encontraremos una respuesta que dé sentido a nuestras vidas e ilumine en algo las tragedias de muchas otras.

Manuel Ossa B.

14 de mayo 2020

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