Semana Santa para Descontentos (Primera parte)

El trauma pacifista del cristianismo –que nos hace tomar distancia de todo lo que haga ruido- ha creado una catequesis bastante ñoña para acompañar las lecturas del evangelio.

Se habla de “la muerte de Jesús” en lugar de decir el asesinato de Jesús; se dice que echó a los mercaderes del templo en lugar de decir que los agarró a chicotazos; se dice que hay que respetar a las autoridades aunque sean indignas sin recordar que Cristo trató de animal dañino al rey Herodes, un monigote impuesto por los invasores romanos.

Ninguna enseñanza se saca de las palabras y la actitud de Jesús frente al templo, lo más sagrado que tenía la religión judía: era la entidad que concentraba el cumplimiento religioso y las exigencias económicas. Jesús llamó a derribar ese templo que no tenía ninguna presencia divina y llamó a reconocer el verdadero templo que era la persona humana, hecha a imagen y semejanza de la divinidad.

Pero la cristiandad no ha aprendido esa lección. Cuando cae un templo físico a causa de un derrumbe, la noticia aparece en los periódicos con caracteres alarmantes. Cuando desaparece una persona a causa de cualquier violencia, la nota quizá figure como dato necrológico para satisfacer la curiosidad de los lectores.

Hemos distorsionado el evangelio.

Se predica abundantemente acerca de los discípulos que siguieron a Cristo (la mayoría más por interés que por cariño) pero se habla poco de los que lo persiguieron porque les derribaba todo el escenario en el que actuaban: las autoridades religiosas, los maestros de la ley, los fariseos que representaban la perfección en el cumplimiento de lo que estaba mandado por Moisés; es decir, los clanes religiosos y doctos.

Las predicaciones cristianas (de evangélicos y católicos) se centran en que Jesús derramó su sangre en sacrificio para aplacar la ira de dios sobre el mundo. Pero…¿desde cuándo dios necesitaba sangre para superar su rabia? Una enseñanza así es una abierta blasfemia que las catequesis toleran sin ningún sentido crítico. Escucho a pastores protestantes y dicen lo mismo que los curas y catequistas católicos en este aspecto.

Pero cuando se abren los evangelios y se leen sin delirios místicos, se encuentra con que las razones que las autoridades dieron para asesinar a Jesús fueron de otra índole: “Conviene que muera por el bien del pueblo, porque no es amigo del César”; “este hombre solivianta a las masas”.

Jesús era un peligro para el poder político y religioso.

Hoy día ¿es Cristo y su mensaje un peligro para esos poderes que continúan enseñoreados sobre el pueblo?

Parece que no. Un cristianismo light ha venido a suplantar ese grito formidable del Nazareno: ¡He venido a traer fuego a este mundo y lo que quiero es que no pierda su ardor!

Fuente: El Catalejo de Pepe… Un espacio para reflexionar
Publicado en Abril 11, 2017 por Agustín Cabré