Pascua de Nuestra Hermana Luisa Toledo

Pascua de Nuestra Hermana Luisa Toledo

07/07/2021 CEDM Feminismo 0

Como Centro Ecuménico Diego de Medellín nos unimos en oración porque hoy se ha producido la pascua de nuestra hermana Luisa Toledo S.
Agradecemos profundamente a Dios por su vida, su testimonio y su gran legado de compromiso por los derechos de las personas y los más excluidos de nuestra sociedad.

Compartimos con ustedes lo que Luisa compartió con nosotros en el marco de la XXIII Semana de Teologías Feministas del CEDM en el Foro Panel de ese Encuentro. (Revista Pastoral Popular N° 331 año 2015)

«Aprendizajes
Habiendo nacido en el seno de una familia campesina, muy pobre, nunca supe lo que significaba la lucha de los trabajadores. Crecí como un pajarito libre, pero sin ni una pizca de conciencia; pobre física y mentalmente, pero de cierto modo feliz, sin preocupaciones, con una cercanía a la tierra, a los bichitos, a los pájaros, a los árboles, a las florcitas del campo; aún están pegados a mi memoria muchos olores, ladridos, mugidos, y el hermoso trinar de los pájaros.

Sólo al crecer empecé a dimensionar mi pobreza y a sufrir por la desigualdad que se creaba en los colegios donde estudié. Pero terminé de estudiar, a pesar de todas las falencias y me recibí de secretaria. Entre a trabajar en una empresa y empecé a ganar dinero. Reconozco que fui egoísta, no pensé mucho en mis hermanos. Sólo era yo y mi deseo de vestirme bien. Todavía no tenía grandes preocupaciones.

Pero, me enamoré de un muchacho obrero, Manuel. Y con él todo en mi vida cambió… un torbellino de ideas revolucionaron mi mente: mi pertenencia a un pueblo y a sus luchas y a una iglesia cristiana y católica. Por primera vez escuchaba hablar de la Juventud obrera católica, del Movimiento obre de Acción Católica. Estas fueron las primeras alegrías, mis primeros pasos en mi compromiso con la vida y lucha de los trabajadores.

Tuvimos cuatro hijos: Pablo, el mayor, Eduardo, Rafael y Anita Luisa. Cuatro tesoros. Dejé de trabajar y me dediqué a su crianza. Lo decidimos con Manuel… Ellos serían criados sin grandes falencias, pero tampoco con excesos… Tendríamos una casa con espacios para dormir, para estudiar, con un patrio donde pudieran jugar. Y, lo más importante, los criamos generosos, respetuoso y libres para que aprendieran a tomar decisiones desde chicos, con sus amigos, en los colegios, en la vida. Todo esto lo viví plenamente, con una alegría inmensa.

Terminada la década del 60 empecé a vivir el período de la Unidad Popular y con ella todo lo que significaba “meterse en política”, porque en esos tres años maravillosos, hubo que tomar posiciones donde uno vivía, donde uno trabajaba. Mis hijos estaban chiquitos y yo, desafortunadamente, no pude participar más activamente en el proceso revolucionario; sólo al final, en el último año trabajé en las JAP (Juntas de abastecimiento popular).

Y tras toda la lucha que dio el pueblo por mantener el Gobierno de Salvador Allende, ganó el odio, ganaron los poderosos y su avaricia y vino el Golpe Militar y se instaló en Chile una de las dictaduras más crueles de la historia de este país. Y con esta situación descubrí una nueva faceta de mi ser. Yo tenía que hacer algo, no podía quedarme en casa sólo llorando. Afortunadamente para mí me ofrecieron trabajar en el Comité Pro Paz (COPACHI). La primera instancia de rechazo a la dictadura de Pinochet, de denuncia de los crímenes que se estaban cometiendo y de recepción y albergue de los perseguidos y de sus familiares. Trabajé también con el CODEPU (Comité de Defensa de los derechos del pueblo). Había entrado de lleno en “político”.

Pero, uno de los grandes saltos en éste mi caminar fue, sin duda, mi participación en la Comunidad Cristiana “Cristo Liberador” de la Villa Francia. Aquí, Mariano Puga y la Comunidad significaron otro vuelco, otro vaciar y volver a llenar mi espíritu de todo lo aprendido antes acerca a Dios y del pueblo. Aquí había que entregarse por entero a los otros, a los que sufrían persecución, a los que tenían hambre, a los niños, a los presos… a las mujeres que buscaban a sus maridos detenidos y desaparecidos… porque ellos eran el mismo Cristo vivo que sufría. En esta Comunidad fui descubriendo a la Iglesia de la que hablaron los obispos en Medellín, en Puebla. Los pobres éramos LA IGLESIA.

Manuel y mis hijos se integraron también a la Comunidad y empezamos un camino que no tenía vuelta atrás. Mis hijos se comprometieron políticamente en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Nosotros con Manuel continuamos en la Comunidad. Pero, con el compromiso de los hijos habíamos entrado de lleno en la mira de la Dictadura, de sus policías. Era el año 1983. Eduardo fue expulsado del Pedagógico por ser dirigente del movimiento estudiantil de esa universidad, y a Rafael, también lo expulsaron por ser dirigente del Liceo de Aplicación. En el año 1984 sufrimos varios allanamientos a nuestra y acusaciones de “terroristas”. Todos estuvimos presos y fuimos golpeados en las marchas convocadas por el pueblo. Los hijos tuvieron que salir a la clandestinidad. No había vuelta atrás… El camino estaba trazado.

Eran los comienzos del año 1985 cuando fuimos heridos de muerte… Muy cerca de nuestra casa, un día 29 de marzo la policía del sector asesinó a Eduardo (20 años) y a Rafael (18 años), en un contexto de represión brutal desatada por la dictadura contra el pueblo que luchaba con fuerza. El tirano no quería irse y corrió la sangre de muchos esos días.
Con la muerte de mis amados hijos yo caí en un pozo profundo de oscuridad y dolor. Perdí todo mi “ser”, mi “saber”, mi “fe en Dios”. El tirano a través de sus policías había logrado aniquilarme… no era nada, sólo un guiñapo humano.
Sólo recuerdo que a los pocos días debieron salir al exilio mi hijo mayor Pablo y mi niñita pequeña Ana Luisa de sólo 16 años. Nos quedamos solos Manuel y yo con este inmenso dolor, tratando de sobrevivir con la ayuda de gente como la Dra. Paz Rojas y algunas mujeres del sector.

Pero, las pruebas no habían terminado para nosotros. En el año 1988 regresa de forma clandestina nuestro amado Pablo (supimos después que fue por ahí por marzo). Nosotros no sabíamos que estaba en Chile, sino hasta el instante en que aparece muerto junto a la joven Araceli Romo, allá en el cerro Mariposas de Temuco, dicen que fue por el estallido de una bomba. Nunca se ha aclarado la situación. Bueno, con esta tercera pérdida, se acrecienta todo, el dolor, la sinrazón, los por qué, se oscurece un poco más todo alrededor mío. La locura me ronda, me abraza, me calma, me incita a la muerte… Varios intentos fallidos dejan su huella en mi cuerpo…

¿Qué me ha nutrido para seguir viviendo después de lo que le he narrado?
Primero que nada, la cercanía a la tierra, su cultivo, su pasar permanente de la muerte a la vida… Su bondad infinita con nosotros los humanos, nuestra Madre que no nos abandona nunca… No fue ni i fe, ni mis conocimientos de política, ni me ser dirigente… sólo el contacto con ella… recoger sus frutos generosos.

En segundo lugar, creo que después de aprender a vivir con el dolor, de sacar lo que debía aprender de él, nació en mi una mujer guerrera. He peleado todos estos cuarenta años contra el mal, contra la impunidad, contra la pobreza, contra la desigualdad, no sólo por mis hijos, sino por todos los que han sufrido y siguen sufriendo en estos momentos el desmesurado odio que los poderosos nos tienen.

Sin embargo, hay cosas que me gustaría haber profundizado más en mi vida. Por ejemplo, mi ser mujer, mi femineidad, mi derecho al placer en todos los sentidos. Erradicar de mi vida la idea de “pecado”, de “culpa”. Respetar lo diferente en las personas de mi sexo. Romper con todos los miedos a lo diferente.

Con cariño y respeto, Luisa Toledo S.»

 

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